El miércoles 23 de Septiembre de
2015 estaba asistiendo a la reunión semanal del grupo de personas adultas
mayores “Historias Compartidas”, en el foro del deportivo Xóchitl en la colonia
Miguel Hidalgo, Tlalpan y en el transcurso de la misma, Mary la facilitadora
del grupo hizo la siguiente proposición, que en colectivo y de manera
voluntaria escribiéramos un libro que dé cuenta de nuestras Historias
Compartidas. El grupo se animó y se comprometió a escribir cada uno algo de su
largo caminar.
Así surgió la necesidad de tener
nuestro propio libro, con nuestros propios relatos, y cada uno escribiría su
propia historia, sin intermediarios, en vivo, en directo y a todo color. Yo me
dije: ”Quiero verlo con mis propios ojos”.
El miércoles 30 de Septiembre del
año que corre iniciamos la aventura. No era una ocurrencia cualquiera, se trata
de poner en blanco y negro las vivencias de cada uno y una de las integrantes.
Algo diferente, con un escritor colectivo, sin “Mano Negra”, sin manipulación.
Cada uno y una desde su sentir y su pensar escribiría lo que su consciencia le
dijera. La idea es fantástica, pues no es un grupo común y corriente, por eso
ese día que escuche la provocación, puedo, de manera vívida, recordar lo que
sentí en mi corazón. Fue como si una corriente eléctrica recorriera el foro y
alumbrara a todos y todas las que integramos el grupo.
Experimentar esta sinceridad del
grupo con tanta libertad me conmovió. No dudo que los talentos empezarán a
fluir. Ya que las personas adultas mayores no tenemos nada que ocultar, lo que
hemos vivido nos da la confianza de hablar con sinceridad, lo único que nos
anima es servir al otro y a la otra que aún siguen atrapados en la desesperanza,
que se encuentran solos, encerrados en cuatro paredes, sin ayuda y sin poder
darse la oportunidad de mirar lo que hay a su alrededor.
Cada semana se alimentará el libro
con nuevas palabras que brotarán del corazón. Sin lugar a dudas es un acto de
valentía escribir, pues a muchos se nos dificulta agarrar un lápiz y recordar
los años escolares, parece que el tiempo se fue y no vuelve, son trampas que te
pone la mente para no hacer nada extraordinario; sin embargo, pronto los
sentimientos cobrarán vida. Volver a mirar el pasado, a unos nos hará llorar, a
otros los pondrá felices, así es la vida, es como un río que fluye, por
momentos es caudaloso y parece que saltará el cauce, en otro tiempo corre como
un hilito que parece que va a desaparecer, pero es maravilloso volverse a
encontrar con uno mismo, sin importar las circunstancias de la vida. Día a día,
momento a momento, de instante a instante a sí ha ido corriendo nuestra
existencia.
Al principio aparecerá como un
desorden, que no tendrá ni pies ni cabeza, pero eso es lo interesante, por sí
solo el libro encontrará su forma, pues cada quien desde su trinchera escribirá
lo que le venga en gana, en completa y absoluta libertad, sin reservas. No
habrá ninguna restricción, pues se trata de un ejercicio creativo, como el
embrión en el vientre, solo y de manera misteriosa va creciendo y agarrando su
forma.
Es posible que para algunos
recordar su historia les hizo volver a abrir sus heridas que pensaban que
estaban cicatrizadas, pero al tocar la llaga volvió a sangrar, eso es un
síntoma de que algo aún anda mal y hay que sanear; para otros ha sido muy grato
volver a traer a la memoria cuadros inolvidables que vivieron con sus seres
queridos, pero así es la vida y hay que vivirla con pasión y emoción. Que alegría
volver a vivir momentos de la infancia, regresar en la mente a la escuelita,
recordar a los compañeritos de salón, los juegos sencillos pero festivos, las
travesuras, las idas de pinta, en fin tantas cosas que estaban en el baúl del
olvido. Bienvenida esta genial idea de escribir juntos y juntas nuestro propio
libro de Historias Compartidas.
VOLVIENDO A RECORRER MIS ANTIGUAS
VEREDAS
El día pasa de manera inadvertida; otro día se va sin sentir, monótono, sombrío, muy despacio como si estuviera contando los pasos. Volví a recorrer mis caminos de regreso a casa; levanté la mirada, vi el cielo gris, todo parecía indicar que se acercaba la lluvia. Quería apresurar el paso, pero mis rodillas se resintieron, no entendían cuál era la prisa, yo si entendía que las gotas de otoño harían mella en mi cansado cuerpo, resentirían la frialdad y afloraría la tos. Quería y no podía acelerar el paso, mis recuerdos me frenaban los pasos, pues las paredes mentales no eran de mi agrado, pero eran las únicas paredes que soportaban mi soledad. El tiempo de primavera se había ido y con él la facilidad para vagar al aire libre sin importar el clima. En primavera a quien le importa el tiempo, aunque sea mal tiempo, pues el frío, el calor, la lluvia, todo es tolerable, hasta la soledad es tranquilidad, al fin y al cabo yo la había construido en un gran trecho de mi vida.
No fue fácil. Fue la obstinación. El negar que ya fue. Sin
embargo, aquel día en particular, mientras disfrutaba de mi tiempo con el
Espíritu, me sentí como mi mente se fue volando hasta el momento en que llegué
al mundo. Soy Roberto Zavala Meneses y recuerdo que nací un día jueves 22 de
febrero de 1951, a las 5 de la tarde, en una serranía del municipio de
Huehuetla, Hidalgo. La señora Úrsula del Barrio Cuauhtémoc fue la comadrona que
me hizo el favor de aterrizar en ese bello territorio, lleno de riqueza
natural. Mi padre estaba alarmado, dijo: “Ya la chingamos, el segundo varón que
se cría y está defectuoso”, había nacido con un pie doblado como de chivo, la
partera, una mujer muy experimentada se dio cuenta de la situación y mandó a mi
papá a pedir unas tablillas de cartón para entablillar mi pie, y bastó un poco
de tiempo para que el volviera a su lugar. Mi mamá me contó que pocos días
antes del alumbramiento se había rodado de las escaleras del tercer piso por
los asuntos de la comida, había subido a ver si ya estaba el café para el
desayuno y al bajar que le ocurre el accidente, solo fue el susto y de ahí no
paso, hasta que dio a luz, ahí resulto la consecuencia del golpe.
Así ocurrió mi llegada a este mundo, así fueron las cosas,
nada del otro mundo, golpes de la vida. En eso estaba cuando vino a mi mente
otro pensamiento, en esta ocasión me llevo al río, a mi corta edad se me hacía
imponente y mi padre me metía, yo montado en su espalda el nadaba contra
corriente, pues era un excelente nadador y le gustaba sentir la fuerza del río.
Yo me acuerdo y se me vuelve a enchinar el cuero, como si fuera ese día, pues
tenía miedo de soltarme y que me arrastrara el río. En el pueblo es costumbre
que los niños, antes de aprender a caminar tienen que saber nadar, por eso
desde recién nacidos las mujeres los llevan al río y mientras lavan, los niños
y las niñas las meten en una pequeña poza y así van aprendiendo a nadar. Esa es
la costumbre, pero me imponía el río, pues en ese tiempo era muy caudaloso, y
aunque nadaba en la espalda de mi padre eso no me libraba del miedo. Tengo que
decirles que nací en el seno de una gran familia, mi madre tuvo diez hijas y
tres hijos, en total trece hermanos, y siempre íbamos los tres al río y a los
tres sumergía para nadar. Que experiencia, eso me enseñó a dominar el miedo al
río.
Luego, no sé por qué mi mente voló de nuevo, en esta ocasión
fue un día viernes 27 de Enero de 1962, tenía diez años, estábamos a tres días
para que iniciara la feria más importante del pueblo, “La de la Candelaria”,
para ese entonces mis hermanas ya estaban en la ciudad de México, a mi corta
edad pensé que a mis dos hermanos y a mí nos habían dejado en el pueblo para quedarnos
con mi hermana Margarita, pues teníamos una tienda, la más grande del pueblo y
estaba bien surtida, pero no era así, por eso ese día 27, con sorpresa nos dijo
mi papá nos vamos del pueblo, yo sentí que me habían arrancado como una planta
de su estado natural para ser trasplantada en otro sitio inhóspito. Fue un duro
golpe para mis pocos años de vida. Esa mañana puse mi vida en un morral y me la
eche al hombro. Representó un cambio drástico de vida, no me acostumbre del
todo, me volví inseguro, temeroso, de todo dudaba. Me embargo la soledad, no
tuve amigos, solo acompañantes de viaje. Era un solitario. Me aislaba del
resto, hasta para comer lo hacía solo, acompañado de mi madre. Así fueron
transcurriendo los días. Mi primera parada en la Ciudad de México, fue en una
colonia de Iztapalapa, Las Granjas de San Antonio, mi papá había rentado un
cuarto en un segundo piso de una vecindad, con baño compartido y yo era el
encargado de comprar las tortillas, 4 kilos que con dificultad embolsaba. Me
inscribieron en la escuela primaria Lic. Adolfo López Mateos en el tercer
grado. La escuela estaba muy cerca de la casa, Para mi fortuna solo estuvimos
un semestre en esa vecindad y nos cambiamos para la “Coyotera” así le decían a
la colonia Hidalgo de Tlalpan. Para mi cambió la vida y desde luego el paisaje,
tenía mucho de parecido a mi pueblo, con muchos árboles y agua en abundancia,
hasta su manantial, conocido como las Fuentes Brotantes tiene y ahí me iba a
sumergir a la usanza de mi pueblo, encuerado, aunque el agua es helada eso no
me importaba. Para ir a la escuela, nos salíamos mis dos hermanos y yo a las
seis de la mañana, bajábamos por la calle Corregidora corriendo junto con los
obreros que iban a sus trabajos. Yo me sentía feliz, corría sonriendo, ya los
trabajadores nos conocían y bromeaban con nosotros, el camión lo tomábamos en
San Fernando que nos llevaba hasta Municipio Libre, por la calzada de Tlalpan,
de ahí tomábamos otro camión que nos llevaba hasta las Granjas de San Antonio,
nunca llegamos tarde a la escuela.
Les comenté que mi familia es numerosa, pasamos carencias,
para ayudar a la economía, en las tardes, después de comer me ponía a recoger
vidrio, metales, cartón y papel que vendíamos en los desperdicios industriales.
Terminé mi primaria en la escuela José Azueta de la Fama.
En eso estaba, cuando mi mente en un abrir y cerrar de ojos,
me traslada a mi ingreso a la 29, la secundaría del centro de Tlalpan. Para mi
mala suerte que me expulsan por mal comportamiento, solo me aguantaron unos
cuatro meses. Pero recuerdo que antes de este suceso, un viernes al salir de la
escuela, con uniforme de deportes me fui de pinta a Acapulco con una bola de
revoltosos, sin un quinto en la bolsa, nos fuimos de aventón, el primer camión
que abordamos era uno de redilas, el chofer nos engaño y cuando llegamos al
polvorín, nos dijo ya llegamos a Acapulco. Cuando caímos del error, esperamos
otro aventón, así llegamos al puerto, claro al no tener dinero, nos quedamos en
la playa, ahí en una palapa, para comer nos íbamos al mercado para juntar los
sobrantes que tiraban los comerciantes. Una semana inolvidable en el mar.
Apenas tenía 13 años a cuestas.
En ese momento, otro recuerdo irrumpió en mi pensamiento, era
el tiempo de mi ingreso a la preparatoria No. 5 de la UNAM, aún recuerdo su
lema: “Alfalfa, cacas y vacas arriba la facultad de Coapa”, corría el año de
1968, año de mucha turbulencia social, los chavos con facilidad abrazábamos la
lucha callejera, lo que sobraba era energía. Me enrole en ese movimiento desde
la vertiente de las comunidades eclesiales de base, las famosas “CEB”, de la
teología de la liberación. Un cura hipíteco, de los claretianos marcó esos años
juveniles, se trató de Enrique Marroquín, un cura metido en los arguendes
sociales y en la mariguana, el peyote y los hongos. Todo un caso. En ese año de
las olimpiadas entré a trabajar a la Villa Olímpica, fue un gran brinco para mi
escasa economía, mi labor era acompañar a los atletas a comprar sus regalos,
principalmente al zócalo capitalino, les gustaba comprar los sombreros de
mariachi. En ese año, también hice mi primer regreso a mi pueblo, lo hice con
11 muchachos y ya en el pueblo organizamos un partido de futbol. Nunca imaginé
que ese cascarita de futbol sería el detonante para que se iniciara una liga de
ese deporte en el pueblo.
Mi pensamiento estaba enfocado en todas estas cosas cuando de
nuevo me encontré en la facultad de economía y seguía con las mismas utopías,
el cambio social, para entonces ya me había enrolado en un grupo de pensamiento
Maoísta, que creía que el verdadero
cambio solo podía surgir del mismo pueblo, su lema: “Solo el pueblo salva al
pueblo”. En esas locuras andaba. En eso estaba cuando mis pensamientos me
volvieron a llevar a otro momento, en esta ocasión fue al año de 1979, yo
trabajaba con los muertos en el anfiteatro del centro médico nacional, del
IMSS, y me encuentro a una muchacha del barrio, que iba acompañada de su
hermana, rápido sin pensarlo, me dijo “guaparras” mi hermana anda sola porque
no te animas con ella, yo todo temeroso pero que me animo a invitarla a salir,
y no tardo el acuerdo en diciembre el mero 31 que me caso por lo civil. Al año
llego mi primera hija, y como seguía de romántico le puse Argelia, pues en ese
momento estaba la lucha de liberación de ese país africano, nació el 31 de
Octubre de 1980. Argelia, mi niña, apenas tenía unos meses, cuando un compañero
de la facultad me invitó a trabajar a delegación de Morelos de la Secretaría de
Programación y Presupuesto, y cada mañana a las 6 de la mañana agarraba camino
a la ciudad de la eterna primavera, toda una locura, en ocasiones por falta de
dinero me tenía que ir de aventón. El día del terremoto de 1985, me agarró en
el puente de la autopista, no me imaginé la magnitud del sismo, solo al llegar
a Cuernavaca caí en la cuenta de la gravedad del asunto, con Ezequiel
conseguimos una camioneta para trasladar hielo al parque de béisbol del centro
médico, que era necesario para conservar los cadáveres.
La mente no para y de repente otro pensamiento afloro, me traslada al año de 1989, nace mi segundo
hijo, lo llamé Salvador, por la lucha guerrillera de ese pequeño país
centroamericano, no logre mi propósito, se impuso la tradición, llamarlo como
su padre. Ni modo, pero para evitar el desgaste acepte. En ese año trabajaba
con los refugiados centroamericanos que estaban huyendo de la guerra, trabajaba
en el Alto Comisionado de las Naciones
Unidas para Refugiados, ACNUR por sus siglas, me encargaba del departamento de
economía, era el encargado de implementar los proyectos de subsistencia para
algunas familias refugiadas, eso me ayudo a conocer otra gente y otras
necesidades. Servir es algo que me apasiona.
En esos enredos andaba cuando otro pensamiento aparece, en
esta ocasión es en el año de 1994, y trabajaba para los niños de la calle, allá
por la Santa María la Rivera, en un baldío, frente a lo que fue la estación de
ferrocarriles de Buena Vista, en lo que había sido un restaurante de la pareja
de Rafael y Rafaela, viví un grupo de callejeros, ahí me metía, con mucho miedo,
pues entre estos adolescentes chocolates, porque todo los “choca y nada les
late” convivían una jauría de unos 50 perros, igual callejeros; pues dicen los
que no saben, que el perro es el mejor amigo del hombre, cuentos, pero ahí
estaban, y a mí me atemorizan los perros, pero era mi trabajo y tenía que
visitarlos, ahí conocí al manitas, un chamaco que no le crecieron los brazos y
las tenía pequeñas. La líder del grupo era una joven, a la que le decían Marta,
ella tenía su método para controlar a la jauría, me decía: son como perros que
andan tras la perra como si estuviera en brama, y yo decido con quien me meto,
tiene que ser capaz de controlar a los otros, someterlos, ese es el acuerdo.
Mientras los controle me tiene, cuando no pueda, lo cambio, esas son las reglas
de la jungla, el más fuerte domina a los demás. 1990 nace mi tercera hija y no
podía cambiar mi manera de ser, le puse Irlanda, pues el país de Irlanda
libraba una guerra por su independencia y tenía su ERI, que era su ejército de
liberación.
Ya paso el tiempo pero, yo sigo siendo el mismo soñador de
siempre, ocupado en las causas sociales de los menos favorecidos, ahora desde
otra vertiente, la cristiana. Ahora comprendo que mi causa “No es con ejército
ni con fuerza es con el poder del Espíritu”.
Me falta mucho por cambiar de mi manera de ser, estoy en el
camino del Señor, estoy renovando mi manera de pensar, ya no dependo de mí, es
el espíritu el que me guía. Ya no estoy solo, le pedí al Espíritu Santo que sea
mi amigo. Yo quiero tener una profunda amistad contigo.
GRACIAS
PAPÁ
Nací en el seno de una familia campesina, muy tradicional.
Para mi fortuna mi papá no fue un hombre católico, era un creyente social, muy
afortunado para que lo buscaran para compadre de algún acto religioso, que
aceptaba de buena manera. Fue un hombre sencillo, pero muy firme en sus
decisiones.
Del pueblo que me vio nacer, lo que más recuerdo era el cielo
estrellado, las altas y verdes montañas y su rio, que de pequeño era caudaloso,
y en septiembre se convertía en una amenaza, sobre todo para las personas que
vivían en la rivera, cuando salía de su cauce, arrasaba con las casas modestas
que encontraba a su paso. Algo que anhelé y no pude lograr fue aprender a
montar a caballo, curioso porque en la casa mi papá fue un excelente corredor
de caballos y tenía dos ejemplares, pura sangre.
También recuerdo que fui muy malo para la escuela, repetí
tres veces el primero de primaria, y no pude aprender a leer, lo hacía de
memoria y no sé cómo me aprendía algunas lecciones, solo con oírlas de mis
compañeritos del salón. En cambio los números me atraían de manera especial, me
divertía sumando, restando, multiplicando y dividiendo. Fue mi fuerte la
aritmética.
De pequeño intenté aprender a tocar la armónica, por ese
motivo, una tarde de plaza, en plena feria del santo patrono, que era cuando
llegaban los comerciantes de esos artículos y para comprar la dichosa armónica,
intenté hurtar el dinero a mi mamá. Sabía dónde lo guardaba, encima de un
ropero de cedro muy alto, busqué la forma de alcanzar la bolsa del dinero, para
eso me auxilié de una silla de madera que tenía barrotes, era pequeño, tendría
unos seis años y no alcanzaba, me trepé en los barrotes y ni aun así logre
llegar a la bolsa, por mi desesperación me subí en una de las puntas de la
silla y zas que se va de lado y yo me inserté en la punta de la silla en plena
panza. Por temor me fui a acostar a mi catre de lona y esa tarde de domingo y
toda la noche me desangré. Al siguiente día, lunes, al no levantarme fueron a
ver que le pasaba al dormilón y que descubren con asombro que el catre estaba
lleno de sangre. Por gracia ahí estaba Don Salí, un hombre de origen judío que
hacía las veces de doctor en el pueblo, y al revisarme que se alarma y le dice
mi papá, este machacho se muere, lo tenemos que sacar de emergencia a Pachuca.
Dios estuvo todo el tiempo conmigo. Esa mañana de invierno, como de costumbre
pasaba, no había amanecido con neblina y pudieron aterrizar las avionetas, en
el primer viaje salimos con rumbo a Pachuca, la capital del Estado, del campo
de aviación al hospital Inglés, el director del mismo fue quien me revisó, y le
comunicó a mi papá, el niño viene muy mal, no tiene caso que se le haga nada,
la peritonitis es muy avanzada y de nada servirá lo que se le practique alguna
intervención. Mi papá le rogó que hiciera el esfuerzo de salvarme, sin importar
los resultados, lo importante era hacer el intento.
El precio de la armónica resultó muy cara. Gracias a que mi
papá cubrió ese enorme gasto sigo con vida. Fue un milagro. Fue por Gracia.
En ocasiones uno da vueltas y vueltas y el desgaste es
tremendo y los resultados escasos. Después de ese accidente mis pasos se
volvieron inseguros, pero sirvieron para tener más cuidado para hacer las
cosas. Después de esa caída, fue poco lo que avancé, pero ese poco logró
mantenerme con vida.
En Huehuetla la casa es grande, con terraza y toda la cosa,
es un buen mirador para apreciar la plaza y las altas montañas, en cambio en la
ciudad la casa es modesta, pero cuento con una familia.
Ya para concluir mi primaria en la José Azueta, también me
preparé para hacer mi primera comunión, los sábados íbamos a la casa de Lalita
a prepararnos los niños y las niñas del barrio y una vez al mes nos llevaba a
dar un paseo, por lo regular íbamos a San Pedro Mártir, a la iglesia, en una de
esos viajes, y como la capilla principal estaba en construcción, el nieto de
Lalita, que le decíamos “el charras” se accidento, como era muy travieso, se
subió a una de las bardas de la iglesia en construcción y que se clava una
varilla en el hombro derecho, por el percance dejamos el lugar, lo malo es que
no tuvo atención y se le gangrenó y a raíz de ese accidente le tuvieron que
amputar el brazo completo. Los muchachos del barrio, hasta le cambiaron el
mote, en lugar de charras, le pusieron “el Sinaloa”, por la falta del brazo,
eran pesados los muchachos. La primera comunión la hicimos en la iglesia de María
Reyna de la colonia Miguel Hidalgo, bien uniformados y corbata y toda la cosa.
Éramos pata larga, seguidos salíamos de excursión,
principalmente a Morelos y de vez en cuando a las aguas termales de Hidalgo. En
uno de esos viajes Adrián, un hermano menor de Roque se ahogó, se metió al rio
y no sabía nadar. Malas cuentas de ese viaje.
Seguía metido en el futbolito, todas las tardes nos íbamos a
la cancha de básquet de Belizario Domínguez, que se localiza entre San Fernando
e Insurgentes, desde las seis hasta media noche no la pasábamos jugando. Eran
puras retadoras y éramos tan buenos que nunca nos ganaban. Pronto iniciamos a
jugar en el futbol llanero, formamos nuestro equipo y le pusimos “El
Valladolid”, éramos la sensación del momento, teníamos bastante porra, mucha
gente del barrio les gustaba ir a venos jugar. Toda la palomilla estaba
integrada en el equipo.
Claro que mientras me encontraba con mis conocidos la cosa
era feliz, pero empezaron momentos, que sin importar el lugar y la
circunstancia empezaba a sudar como endemoniado. En todo mi cuerpo corría
grandes gotas de sudor, como si me hubieran arrojado una cubeta de agua y me
ponía de mil colores. No sabía dónde meterme, sentía las miradas de la gente a
mí alrededor, sentía que tenían compasión por mí. Las décadas del setenta,
ochenta, noventa y mitad del dos mil me la pasé atormentado. Recurrí a cuanta
cosa había y nada. Una tarde al salir de trabajar de Cuernavaca, me fui con
rumbo a Tepoztlán, por ahí está un monasterio, sin más trámite me metí, no
había avanzado gran cosa, luego un monje me salió al encuentro y que regaña y
me corre, me dijo que era un lugar privado y no se podía pasar, intenté
explicar mi motivo, no me dio tiempo, me bajo al pueblo dónde se encuentra una
capilla, ahí medio me escucho y me dijo, tu problema tiene solución: entrégale
tu vida a Jesús, reza un padre nuestro y un ave maría y asunto arreglado, al no
encontrar ninguna mejoría recurrí a un brujo, me daba mis limpias y luego me
ponía en círculo le echaba alcohol y le prendía lumbre, ahí seguía con la
limpia y nada pasaba, seguía igual de enchamucado.
Me fui a meter a un grupo de Neuróticos Anónimos ahí dure
varios meses asistiendo a sus terapias grupales, tenía tanto miedo de hablar en
público que durante mi estancia en el grupo nunca pude compartir mi historia de
locura. Durante una sesión que veo a una persona que conocía, subió a tribuna y
que cuenta que él era homosexual. A partir de ese día empecé a buscar la forma
de hablar con él. Una tarde lo logré y le pregunte sobre cómo se sentía con esa
carga, me dijo que para él no era ninguna carga, que le gustaba su forma de
ser. Me pareció extraña su respuesta, pero dije, cada quien es como quiere ser.
Dejé el grupo y me fui a otro, ahora de Alcohólicos Anónimos, un grupo de
cuarto y quinto paso, y que hago mi experiencia, pero yo seguía igual de
perdido.
No paré y busqué a una psicoanalista sin ningún resultado,
ella me preguntaba sobre mi vida y yo le daba vueltas y vueltas y lo que me
dolía eso nunca lo toqué. Por tal motivo no hubo ningún resultado, al contrario
todo iba de mal en peor, y no tardé en enfermarme; la panza se me inflamaba
como zapo y no podía obrar. En una de tantas, era tal mi dolor que hasta el
hospital fui a parar. Ahí estuve como tres semanas, la primera fue terrible, no
había cuarto en el hospital de zona y me dejaron en el pasillo sobre una silla.
Encuerado, con una bata que no me cubría bien y con un frío del demonio. Así
estuve un par de días, hasta que alcancé una camilla. Estaba con suero y todo picoteado,
como me dan miedo los piquetes, las venas se me escondían y las enfermeras
batallaban para encontrarlas, mientras tanto seguían picando. Como no avanzaba
mi caso, decidió el cuerpo médico que necesitaba una sonda y pacatelas, como
tengo la nariz de águila no podían pasar la sonda y aun sangrando sin
importarles el dolor me la insertaron a fuerza. Me revolcaba del dolor pero
había que aguantar. Una noche era tal mi desesperación y como seguía en la
camilla sin pasarme a un cuarto para una mejor atención, decidí quitarme la
sonda y las mangueras del suero. Esa madrugada entré a una verdadera guerra
espiritual. El señor me permitió ver a los demonios que se encontraban en ese
pasillo del hospital. Gritaba y peleaba contra los demonios, delirando le dije
a mi hija Argelia que huyéramos que nos estaban cercando los demonios y que
había encontrado una salida de emergencia para evitar ser alcanzados por esas
criaturas del averno. Las enfermeras no pudieron controlarme. Esa noche me hice
sobre la camilla. Fue una noche terrible. Esa parte de mi historia fue muy
dolorosa. En las noches no podía dormir, dejaba los focos prendidos y ni aun
así lograba conciliar el sueño.
Me volví un gruñón, en mi casa no me aguantaban, me convertí
en un solitario. No creía en nadie ni en nada, le eche le culpa de lo que me
pasaba al gobierno. En esa mentira basé mi vida. Me metí a cuanto grupo
izquierdista encontraba y entre la multitud gritaba, como uno más de los
acarreados. Me escondía entre esa gente y así sacaba mi rencor. No daba la
cara, solo en la sombra y cuando me atrevía a hablar tartamudeaba. Me dio por
leer literatura marxiana y me hice adicto a la oscuridad. Iba a las
manifestaciones y en la bola me desahogaba, ahí gritaba fuerte pues nadie me
veía, porque todos gritaban.
Una década de 1970 a 1980 me enrede con los curas de la
teología de la liberación, a mí de nada me liberaba, pero me metía con ellos
para no estar solo. Andaba como a salto de mata, como un delincuente, nada me
daba calma, en ningún lugar estaba bien, siempre huyendo de mí mismo y sin
saber porque lo hacía.
No me quedaban más que los pobres como yo, por tanto abracé
su causa. La lucha de los oprimidos, de los temerosos, de los defraudados, de
los endeudados, cuanta lucha aparecía yo me sumaba, fui a dar hasta con los
niños de la calle. Hasta allá me llevó mi enfermedad del alma. Eran puros
sueños guajiros, pero era mi tablita de salvación, para darle algún sentido a
mi vida. La realidad es terca como la burra del tío cleto, ahora hay más
pobres. El reino de la oscuridad se extendió y lo que predomina en la sociedad
es la violencia, la corrupción y la muerte.
No sé cómo hice un alto en mi camino. Estaba perdido, en un
pozo de desesperación. En verdad te lo digo, no sé cómo ocurrió, lo que sí sé
es que ocurrió el milagro. Recuerdo la fecha fue un tercer domingo de julio, el
día 16 para ser exacto del año 2006. Esa mañana todavía discutí con mi esposa,
pero ella tenía necesidad de que yo la acompañara al zócalo de la ciudad de
México, su hermano Julio venia de Coatzacoalcos, Veracruz a un mitin de Andrés
Manuel y me pidió que la acompañara, y como era tramposo, le dije te acompaño
pero antes vamos a ver al notario Alfredo tiene una reunión en su notaria y me
invito, con pleito y todo pero fuimos, nos acompañaba Irlanda que en ese
entonces tenía 15 años, aun en la puerta peleamos por el horario, yo decía que
era a las 10:30 y ella que a las 10, entre gritos y empujones entramos hasta el
cuarto piso de la notaria 47, en Acoxpa. Nos recibió un señor de traje, que
después supimos que era el pastor. Estaban reunidos un grupo de unas 25
personas, cuando llegamos dos muchachos estaban tocando, uno en una batería y
el otro un teclado y a la vez cantaba, ya conocía esos cantos, Genoveva no y le
atrajo la música, luego pasaron unos anuncios y que se para un chamaco pelón a
platicar, primero dijo que había llegado de Alemania y luego siguió con el
libro de Apocalipsis, que decía: “yo te aconsejo que de mi compres oro refinado
en fuego” me cayó como anillo al dedo, este canijo está hablando para mí,
parece que me conoce, sabe que soy muy codo. Para finalizar preguntó que quien
quería recibir al Señor, y Geno que se levanta y que se lleva a Malú e hizo la
oración de Fe. Salimos y corrimos rumbo al Zócalo, no encontramos al hermano,
pero el día había sido de primera. Esa tarde algo empezó a ocurrir. Una tarde
le habla el pastor a Genoveva a su trabajo, de que la quería visitar y ella le
dijo que sí, solo para seguir el juego, nunca pensó que el pastor llegara a su
casa, pues ella suponía que no conocía el lugar. No imagino que otro de los del grupo vivía en la
misma colonia y él lo trajo, esa persona se llama Carlos Arteaga. Así empezó mi
nueva aventura, sin mucho buscar había llegado al lugar adecuado. Los ruidos en
mi cabeza, por la cantidad de ideas que se agolpaban en mi cerebro cesaron, los
fantasmas y el miedo a la oscuridad se fueron.
ROMPECABEZAS
Jamás
olvidaré el día que conocí a Genoveva, esa día de sábado por la tarde como de
costumbre me dirigía rumbo al trabajo, laboraba en el anfiteatro del Centro
Médico Nacional del IMSS. Corría el año de 1979. Andaba muy desbalagado, de a
tiro solo. Mi mayor necesidad era del alma. Hasta ese momento no sabía a
ciencia cierta que me ocurría. Ese encuentro, del sábado por la tarde no fue
una casualidad, ya estaba preparado por las fuerzas celestiales. Ese día se
alumbró mi vida. Dejé la oscuridad. Llegué al trabajo feliz, sin saber porque,
hasta me puse a platicar con los muertos. Les conté, hoy conocí a una hermosa
mujer y la invité a salir y no se imaginan, aceptó. Estoy muy contento. No sé
de dónde saqué fuerzas para hablarle. Estaba temblando, no sabía que decir,
solo le dije que si quería salir conmigo, eso fue todo. La veía tan arriba que
nunca pensé que aceptara. Pues andaba en las locuras de arreglar el mundo. Era
un desastre. Me escondía tras de muchas máscaras. En el trabajo me hice líder
sindical.
Por
eso, ese encuentro me dio ánimo. Llegó el martes, el día acordado para la cita,
el lugar de encuentro Insurgentes esquina Corregidora. Ella trabajaba en el
Imán y por las tardes en una escuela de trabajo social. Seguía con miedo, no
sabía cómo tratarla, solo se me ocurrió invitarla al cine.
Traía
mi vochito amarillo, una carcachita pero jalaba. Pronto ese encuentro fortuito
se fue consolidando y se hizo indispensable. Ya la quería ver todos los días.
Lo bueno que el cargo sindical ayudo para verla seguido, con la finta de ir al
sindicato, me iba a verla. La esperaba al salir de su trabajo y la acompañaba a
su casa, me bajaba noche.
Pronto
empezamos a reunir las fichas del Rompecabezas, era necesario ordenar y darle
forma. Había cosas que sanar por mi lado, por eso desde el principio fui
honesto. Le hable de mis dolores y de mis fallas, no deje nada escondido, era
necesario hablar con el corazón en la mano. Le hablé de mis problemas y de mis
enredos y en que asuntos andaba metido. No sé cómo me aceptó. Le presenté a mi
familia, en especial a mi madre y hasta la invité a que conociera mi pueblo,
para que viera mis raíces. Para mí ya formaba parte de mi vida, solo hacía
falta formalizar el compromiso, así que nos dimos a la tarea de programar en
nuestras cabezas la fecha del casorio. Solo contaba con mi trabajo en el seguro
y vivía con dos de mis hermanas y mi mamá.
Para
programar la fecha del casamiento, nunca se nos ocurrió que teníamos que acudir
al registro civil para conocer los requisitos para la boda. Nosotros acordamos
que el día adecuado sería el 31 de diciembre, que por cierto ese día cumple
años su hermano Jesús. Llego el 31 y nos presentamos al registro civil, que se
encontraba en una de las oficinas del edificio delegacional y le dije a la
secretaria, nos venimos a casar, ella solo se río y no le dio importancia, me
enojé y le solicité que me permitiera pasar a ver al juez, ni siquiera hizo el
esfuerzo, ella decidió que el juez estaba muy ocupado y que regresara en enero,
después del 7. Para nuestra fortuna mi hermana Elisa trabaja en el mercado La
Paz, ahí tiene un puesto de tacos de barbacoa “La Güera”, muy conocida, le dije
mi problema, solo me dijo déjame ver si se puede, fue a ver a las secretarias y
como la conocían le permitieron hablar con el juez, él la quería mucho y
accedió a su petición. Sin más trámite nos casó y que nos vamos al cine a
festejar, pues no me alcanzó para la luna de miel, sigue pendiente, pero todo
tiene su tiempo.
IGNORANCIA
Al
terminar la secundaria, mi papá quería que fuera militar; tal vez porque en el
pueblo había una partida de soldados, así que me llevó al colegio militar que
en ese entonces estaba en Popotla, cerca de Tacuba a inscribirme para hacer el
examen de admisión, que consistía en la parte física y académica. Para lograrlo
estuve 15 días internado en sus instalaciones para cubrir los requisitos,
éramos cerca de 2 mil aspirantes, muchachos de todo el país. Pasaron los 15
días y siempre hay expectativas, nos formaron en el patio central para leer los
nombres de los que habían sido aceptados y por suerte o mala suerte no fui
admitido. Como consolación me inscribí en una vocacional del Politécnico, solo
estuve en ese plantel un año. Un tiempo estuve de ocioso, hasta que Elías un vecino
me animó para hacer el intento de ingresar a la preparatoria No. 5 de Coapa.
Termine la prepa e ingresé a la UNAM, a la facultad de Ingeniería, también solo
estuve un año y solicite mi cambio para la facultad de Economía, era 1976,
concluía su período de gobierno Luis Echeverría. El país ya era un caos en la
parte social, se habían conformado grandes movimientos de protesta en los
diferentes sectores sociales, ya no eran solo los estudiantes, se habían sumado
a la lucha callejera los obreros, los campesinos y los colonos de las
principales ciudades del país. Me inscribí en esas protestas en el brazo urbano
popular. Acudí a Durango a la conformación de lo que se conoció como la
CONAMUP, La coordinadora nacional del movimiento urbano popular, desde la
vertiente maoísta.
Cuando
uno es joven, lo que sobra es energía y se siente uno muy listo, que todo lo
puede uno lograr. Pero el tiempo es un
chicotito que se encarga de poner a cada uno en su lugar.
Me
costó mucho sufrimiento entender, ni siquiera comprender lo que había tenido
que pagar a causa de la Ignorancia. 40 años me la pase dando vueltas sin ningún
sentido. Corría el año de 1966, contaba en mi haber con 15 años, ya me habían
corrido de la secundaria, otra vez volví a empezar, ahora lejos de la casa,
para que no me vieran que era un fracaso en los asuntos de la escuela. Me fui
hasta la calzada de Tlalpan, allá por la colonia Espartaco, cerca del Reloj,
claro que era mi iniciativa y tenía que cubrir mis gastos de pasaje. No le
avisé a nadie de la casa de mi decisión así que tuve que buscar a una señora
del rumbo para que me hiciera el favor de inscribirme en la secundaria 73.
Logré mi propósito sin dificultad, pero en mí ya estaba el germen de la
rebeldía, mis compañeritos de ocasión eran los más revoltosos, algunos de ellos
ya metidos en las drogas, y solo les alcanzaba para el cemento 5000. Acudían a
la escuela solo a echar relajo y animar a otros para que se fueran de pinta. No
estudiaban, solo iban a hacer travesuras y a drogarse en el patio de la
escuela.
Ya
para entonces era muy bueno para el futbol. Todas las noches practicábamos el
fut-rápido, como ahora se conoce. Todas las tardes desde las 6 hasta la media
noche jugando. Dos décadas pérdidas en ese deporte. El dinero decía que no me
hacía falta, andaba de prángana, fumaba pero de gorra, nunca compraba cigarros
ni cervezas, no gastaba, por lo que no tenía en vicios.
Claro
en la prepa, que eran tiempos de los porros, el futbol me sirvió como pasaporte
para no ser molestado, que me pegaran o que me robaran cualquier objeto, pues
me hice amigo de los porros. Para algo me habían servido tantos años jugando.
Me
hice andariego, recorría la colonia caminando, subía y bajaba a cualquier hora
de la tarde o noche, pero que difícil fue para mí dejar el temor y creer. Fue
una lucha en mi cabeza sin cuartel. Estaba invadido por un montón de pensamientos,
todos giraban alrededor de la maldad. Pesaba más la incertidumbre del mundo que
la certeza de la fe. Mucho tiempo tuve el viento en contra, además estaba
fatigado, desesperado, pensando en dejar este mundo. Por muchos años estuve
sordo y ciego y por más que leía no entendía nada. Lo único que saque por las
aflicciones es que fui perdiendo el pelo, y eso también me preocupaba. No había
visión y por tanto, tampoco había provisión. Vestía de mezclilla y huaraches y
me deje crecer la barba y sin centavo en la bolsa. Vivía de las migajas que
dejaban los acompañantes de viaje. Soñaba que la lucha guerrillera lograra su
propósito de derrocar al régimen corrupto y que cada uno tuviera según sus
necesidades.
Me
consideraba un ateo y no le daba importancia a las cosas espirituales, más aún
negaba que éstas existieran, por más que yo mismo las había experimentado. En
una ocasión me quisieron robar, y por el susto, no sé cómo di un brinco
extraordinario y los asaltantes se espantaron y me dejaron ir. En otra ocasión,
una persona enferma de sus facultades mentales me puso una corretiza con el
único fin de que lo matara, salí hecho la raya, no sé de dónde saque fuerzas
para huir de ese muchacho endemoniado, no pare de correr hasta mi casa, pues el
miedo no anda en burros. Una tercera cosa que recuerdo, que algo tiene que ver
con el espíritu, fue una noche del año 2000, salí de Tláhuac más de las 12 de
la noche, cuando llegué a Taxqueña no había camiones para la casa y sin dinero,
la única posibilidad era caminar. La primera decisión fue definir por donde
caminar, por Tlalpan o por Miramontes, la pregunta de fondo era cuál estaba más
iluminada, pues era muy miedoso, decidí que fuera por Miramontes, por los bares
tenía más tránsito. Iba alerta lo que me permitía escuchar todos los ruidos de
la noche. Venía alarmado, pensando haber en que momento me sale algún maloso
que quiera robarme, pero lo curioso es que muy poco traía, unos 20 pesos por
mucho, pero el miedo nadie me lo quitaba. Caminé tres horas en esa noche de
junio, para mi fortuna no había llovido. Los ojos los tenía muy abiertos, las
manos listas y los pies dispuestos para correr ante cualquier amenaza. Sabía
sin comprender que en la noche los espíritus se mueven, por eso también iba
alerta, muy despierto, como ningún otro día ha ocurrido. En un recodo del
camino vi como unos policías estaban asaltando a unos homosexuales, sabía que
yo mismo podía sufrir esa consecuencia, estaba expuesto a ser asaltado como
esas mariposas de la noche. Sentí coraje por el abuso de autoridad, pero me
sentía impotente, solo me agaché y aceleré el paso, me daba vergüenza no
intervenir por ellos, porque me consideraba un luchador social de las causas perdidas.
Ante el peligro inminente, los deseos salen sobrando, es mejor resguardar el
pellejo que reclamar ese acto de cobardía de los delincuentes con placa. El
ambiente lo sentía pesado, largos trechos del camino eran muy oscuros, densos,
la piel se me ponía de gallina. Al llegar a Huipulco, mi corazón bajo su ritmo
cardiaco. Me puse feliz, me sentía como en casa, me dio tanto gusto que me
compre dos tortas, de esas de dos por una, en uno de los puestos del paradero
de Huipulco. Ya estaba relajado, los pasos eran más tranquilos, ya no parecía
que venía huyendo de la noche. Todo volvió a la normalidad. Empecé a silbar,
las voces de mi mente ya no eran de terror. Ese último tramo del camino lo
camine despacio, según yo había pasado el peligro. No supe la hora que llegue a
la casa, era de madrugada, los primeros rayos del sol ya alumbraban, y mi
ignorancia me perseguía, pues sabía que había sido una locura y una falta total
de cordura haber provocado ese terror en todo mi ser.
Era
una evidencia clara que seguía en el desierto, sin agua, sin nada, puros
delirios y fantasmas rondaban mi casa. Todavía faltaba un trecho por recorrer,
para encontrar la puerta estrecha y abrirla para caminar por el camino angosto.
Por lo menos me faltaba un lustro, no un sexenio para ver la luz al final del túnel.
Mientras la vida se iba como el agua sucia en el lavadero.
Es
doloroso reconocer que todo ese trecho del camino lo había transitado con
personas incorrectas, de lo vil, de lo menospreciado del mundo, esos eran mis
acompañantes de viaje, pues me juntaba con puro endeudado, vagabundos,
derrotados, drogadictos, esa era mi palomilla. Mi mentalidad era de esclavo, se
me hacía difícil el solo pensar en juntarme con personas de bien o con algún
afortunado por la vida, era una traición a mi causa. Al diablo con las
componendas, con los acuerdos en lo oscurito y con ser comparsa del sistema. Al
menos en la palabra la lucha era radical. Muerte al imperialismo yanky.
BUSCADOR
Había
pasado el verano, entraba otoño, sentía que los días ya eran pocos y se iban
volando. Atrás se habían quedado las olimpiadas, lejos estaba mi primer retorno
al pueblo. Había corrido mucha agua bajo mis puentes de intolerancia. Los
ruidos en mi cabeza, como cotorros en desbandada seguían estando presentes. Ya
me había convertido en un buscador, lo terrible era que no sabía lo que buscaba.
Simplemente buscaba, pues sabía que en mi interior las cosas estaban de la
fregada. El romanticismo de la lucha de clases se había derrumbado como el muro
de Berlín. Andaba inquieto, nada me calentaba. Sabía que nada tenía y que así
no valía la pena seguir.
De
vez en vez se me aparecía un recuerdo, como cuando fui a hacer mi servicio
militar en San Pedro Mártir. Todavía tenía ganas de luchar, de ser alguien.
Recuerdo que en ese año nos mandaron a alfabetizar a un grupo de muchachos de
una ciudad pérdida localiza en la avenida las Bombas de la delegación Coyoacán.
Eran tiempos de felicidad.
Pronto
esos años alegres se esfumaron, apareció el resentimiento, el coraje y también
el temor, la duda, la incertidumbre. No sé cuando, pero todo cambió, yo cambié.
Deje el futbol, aquello que le había dado sentido a mi vida se quedó atrás, en
el pasado, pero que me seguía por todos lados. Me encontré solo, desamparado,
sin nadie a quien contarle mis penas, y lo terrible tenía mucho por qué vivir.
Qué ironía te juega la vida. Tener todo y nada a la vez. Fuerza contra
ignorancia. Pero me sentía aplastado, sin ánimo para luchar por mi vida. El
enemigo se aprovecha de la ignorancia de uno. Me apaleó y sin saber qué hacer y
a quién recurrir?. Era difícil mi situación, un día me sentía fuerte como un
búfalo al siguiente un derrotado.
Durante
un tiempo mi escondite fueron las Fuentes Brotantes, en ese precioso manantial
me pase muchas horas, me refrescaba en sus aguas heladas, me metía a nadar
encuerado. Nunca llegué a pensar que no era el único enfermo, que mi ciudad
también estaba enferma, no era aún el nivel que ahora tiene, pero el cáncer ya
había invadido el cuerpo social de la ciudad, ya había robos, drogadictos,
asesinatos y familias separadas.
El
sol se estaba ocultando, aparecían las primeras sombras de la noche. Ese hecho
me perturbaba, me ponía de malas. Algo tenía que hacer, pero no sabía qué
hacer. Buscaba sin encontrar. La tarde avanzaba incontenible, corría un viento
helado, los pájaros también resentían el cambio, no eran tan alegres. El frío
de la noche se empezó a sentir con mayor intensidad en mí ser. Quería escapar,
huir de mi realidad. En esas aguas heladas poco a poco me iba hundiendo, nada
paraba la caída. Me fugaba. Mi refugio era cualquier actividad que resistiera
al gobierno, pero nada llenaba mi necesidad interna, cada vez más solo. Nada
calentaba mi frío cuerpo. Lo espiritual no aparecía en mi forma de pensar,
acudía a la religión sin resultado, era rutina, solo para ver a las muchachas
de lejos. No me gusta cantar pero me metí al coro, para sentir que formaba
parte de un grupo. Otra falsedad, otro
engaño más. Nada en el clavo, la flecha no daba en el blanco, puras fallas. Pero
el tiempo corría veloz su marcha. No había dolor físico, el dolor era del alma.
En esta ocasión para hacer frente a mi soledad me fui al bosque de Tlalpan,
allá corría, caminaba y al final buscaba un árbol grande y me sentaba en sus
raíces, lo abrazaba y le hablaba, sin importar el qué dirán. Le pedía que me
ayudara a quitar los ruidos intolerables de mi cabeza, algo ocurría, me
relajaba, me llenaba de paz. Ese recurso lo agarré como si fuera una tablita de
salvación, así que cada día acudía por mi dosis de paz que me regalaba el espíritu
del árbol.
La
mayor tormenta de mi vida fue la lujuria, esa ansiedad me estaba matando.
Aparentemente por fuera era frío pero dentro era un volcán a punto de estallar
y derramar la lava. Esa agitación me estaba volviendo loco.
Para
tratar de controlar mis pasiones se me ocurrió formar un grupo de jóvenes en la
casa. Así que los días sábados nos reuníamos a reflexionar sobre diferentes
temas relacionados con los asuntos de la juventud. Cada trimestre hacíamos una
excursión a algún balneario de Morelos, para convivir.
Pero
en mi interior el caos aumentaba. Estaba muerto espiritualmente. Y había que
buscar otro escape. Para mi fortuna corría el año de 1974 y en ese año los
ejidatarios decidieron ampliar la colonia, repartir el cerro y pronto los
domingos se hacía una romería, se veían hombres, mujeres y niños ir a hacer
faena para obtener un lote para edificar su casa. Miles de personas se daban
cita a esa tarea de domar el cerro. Solo había veredas por donde transitar, así
que una tarea primordial era abrir la brecha para que entraran camiones a dejar
material para la edificación de las casas. Esa oportunidad resultó una forma
para fugarme de la enfermedad. Me sume al contingente que acudía a hacer faena,
claro yo no buscaba un terreno, era una forma de distraer y escapar a los
fantasmas que me atormentaban. Acudía a las asambleas que celebraban los
colonos, así conocí a Don Julián, un hombre grande, fuerte, todo un líder natural,
y en su casa se realizaban las reuniones. No faltaba a las reuniones, pero
nunca me imaginé que un lustro adelante yo me casaría con su hija Genoveva.
LA COYOTERA
Mi
vida era un desastre. Por ningún lado veía una salida, así que deje llevar por
esa nueva aventura. Ver nacer la semilla que sembraron una bola de personas
entre las piedras volcánicas, así surgió la colonia Miguel Hidalgo, Tlalpan.
Fue gratificante. Era empezar de cero, nada había, ningún servicio y tampoco
ningún apoyo del gobierno. La colonia se construyó a la manera plebeya, con las
manos, el sudor y las pocas herramientas de mano de los propios protagonistas
del cambio. El agua la acarreaban desde la fuentes brotantes, la luz la traían
de largas distancias, miles de metros de cable pasaban por la copa de los
árboles, los caminos poco a poco los fueron abriendo. Los autobuses y combis
solo llegaban hasta la Veracruz, de ahí a pata, cargando el itakate y las
herramientas para domar el cerro. Ya con la primera brecha, Luis Ortega se le
ocurre meter una carcachita que le puso “La Calabaza” para hacer los viajes de
la gente, no se imaginó que con esta acción estaba iniciando en los hechos una
ruta de transporte concesionado, las famosas rutas de combis y micros de lo que
ahora son las rutas 39 y 40.
Para
mí era una salida, pues trataba de aferrarme a algo que me mantuviera a flote.
Conocí a los ejidatarios, pero nunca paso por mi mente solicitarles un lote
para cubrir mi necesidad de vivienda.
El
esposo de mi hermana Elisa era hijo de ejidatario y por ese motivo conocí el Rancho
El Tunal de Guadalupe del Monte del municipio de Apaseo el Grande, allá nació
su primer hijo, Héctor. Había sido parte de una permuta por sus terrenos que se
encontraban en lo que hoy se conoce como perisur.
La
locura en la que vivía me ayudaba a ser inquieto, a andar preguntando,
investigando, hurgaba pues no creía en nada, era parte de la desconfianza fruto
de la enfermedad del alma. Veía el avance de la colonia y no lo podía creer. Se
me hacía increíble que ocurriera y ocurrió. Todo lo tenía que razonar, pues
pensaba que la mente era todo para mí. Nunca pensé con el corazón, lo hacía
muchas veces con los pies, pero con el corazón ni soñando.
Me
quería mostrar frío, calculador, pero en el fondo era un ignorante. Nada sabía
ni entendía, solo seguía a la manada, como una oveja más.
Ni
un año duró el reparto de terrenos, 169 hectáreas se repartieron en un abrir y
cerrar de ojos, era mucha la demanda, así que la coyotera como la llamaban los
colonos se hizo realidad. Así surgió la segunda, la tercera y cuarta sección de
la colonia Miguel Hidalgo, a base del trabajo colectivo, y yo simplemente era
un espectador más. Una persona que se escudaba en esta obra para sobrevivir a
mis tormentas.
TALLER INTEGRAL DE ARTE
Al
calor de este desarrollo urbano surge a la vida un grupo que denominamos Taller
Integral de ARTE, por sus siglas TIA. Fue un grupo de adolescentes y chavos del
barrio que con la finalidad de aprender se inició haciendo actividades
culturales de música y teatro popular. Se hacían festivales populares con
artistas populares de reconocida trayectoria, aca tocaron los Nacos, El Inti
yumani de Chile, Amparo Ochoa, Los Folkloristas, y en el teatro popular se
trajo al Llanero Solitito con el Cleta, de Enrique Cisneros.
Se
publicaba un periódico local que se le puso “El Macuarro” porque mete se
cuchara en todo. Se invito a los universitarios de la UNAM y de la Ibero para
aprovechar sus conocimientos. Fue una década de lucha popular interesante e
ilustrativa. Fue parte de una lucha independiente de los partidos políticos,
que se les consideraba reformistas y paleros del sistema. Era parte de la lucha
radical, vinculados con la lucha obrera y popular del país. Fue un semillero de
cuadros de izquierda.
CONFESIÓN
La
palabra de Dios dice: Que con el corazón se cree para justicia, pero con la
boca se confiesa para Salvación (Romanos 10:10)
Tendría
como 5 años cuando una mujer de nombre gloria, amiga de mis hermanas mayores
abusó de mí. Fueron atrocidades las que hizo conmigo, y yo muy tarugo me dejé
usar, nada sabía, además ese pecado sexual abominable para mi edad me obligó a
callar. Tuve que cargar con mi dolor a cuestas como un fardo muy pesado de
llevar.
Sin
saber porque ocurren las cosas, un día salí del pueblo, tampoco imaginé que ese
dolor lo tendría que cargar y llevar conmigo. Después de 7 años regrese al
pueblo y para mi desgracia encontré a un joven que era homosexual, yo de
inmediato me asocié a él y me hice responsable de lo que le pasó.
Sin
saber qué hacer, mi vida cambio para mal. Todo se había vuelto negro. Había
pasado de luz a las tinieblas.
Crecí
por gracia de Dios. Era un muerto
viviente. Atrapado en la simulación. Nada me llenaba, solo me fugaba, sin estar
en paz. Buscaba a las glorias del mundo, locura, insatisfacción, deslizándome
en un pozo de desesperación.
Lo
único que buscaba era mis delirios y las delicias del mundo y las encontré en
una vecina. Habían pasado 20 años y yo respiraba con dificultad, nada me
calentaba, totalmente fuera de mí, entre la suciedad de los marranos. De esa
locura nació Israel, yo supe de su nombre muchos años después. No tuve el valor
de conocerlo, mucho menos hacer algo por él.
Pido
de corazón que Dios en su infinita misericordia me perdone. Ya no puedo seguir
ocultando este pecado, necesito la armadura de Dios para pelear la buena
batalla contra las huestes del mal en las regiones celestes. Espíritu Santo
revélame la verdad y dime lo que tengo que hacer.
Canceló
de mi vida por la sangre derramada por mi Señor Jesucristo todo pecado que
viene del maligno. Confieso que Jesucristo es mi Señor y Salvador personal.
A
mis hijos les pido su perdón, si es que pueden perdonarme.
Hoy
muero a la carne, soy una nueva criatura. Me arrepiento de este y todos los
pecados que he cometido. Hoy hago mía esa declaración de Elías, en 1ª. De Reyes
18:21: “Hasta cuándo claudicaré entre dos pensamientos”. Hoy es mi día de
salvación, restauración y perdón. Gracias, Espíritu Santo. Mis pasos transitan
por el camino angosto, no es plano, las cuestas son altas, difíciles de subir,
pero ahí voy, saltando obstáculos y cuanta barrera se aparece. El río de la
vida me lleva dentro de su cauce, en ocasiones la marea me arrastra, pero sigo
en la barca. Sé que ya no camino solo y que nunca lo he hecho, pero lo
desconocía. Era insensible a este hecho por haber estado muerto.
ESCONDITE
A
raíz de mis muchos miedos me escondía de la gente sumergiéndome entre la
multitud. En la bola me sentía seguro, pues pensaba que nadie me veía, que para
esa multitud era un ser invisible. Ese escondite era una especie de escudo de
seguridad, fruto de mis desvaríos.
La
espina de la incredulidad fue entrando suavemente, más el fin como serpiente
venenosa mordió mi alma, al punto que me convertí en un cadáver viviente. Mis
ojos miraban cosas extrañas, mientras que en mi corazón anidó la lujuria. Ésta
me agitaba, me metía en un torbellino de locura y me arrojaba lejos, como una
embarcación que es arrastrada por las grandes olas de un mar embravecido. Así
me sentía y lo peor, así vivía. Atormentado por esos demonios. Estaba herido de
muerte. Era una muerte lenta, que iba consumiendo mis huesos. Mis pasos eran
torpes como los de un ciego y me llevaban a lugares sombríos. Me convertí en un
vagabundo. Siempre huyendo. Buscaba un oasis para refrescar mi alma. Cada
mañana la misma tragedia. La misma ansiedad, la misma rutina. El dolor iba en
ascenso. Mi rostro reflejaba la desesperanza. Lo mejor era morir, esos eran mis
pensamientos, de mal y no de bien. El mismo escondite, las mismas personas, los
mismos chismes. Todo seguía siendo igual de sombrío. Nada cambiaba pero quería
cambiar. Enredado y con la soga al cuello, listo para cumplir su cometido, pero
el miedo me paralizaba y no podía proceder.
Me
llevaba las manos a la cabeza para intentar detener los pensamientos que
brotaban a borbollones. Nada me relajaba, al contrario, parecía que se burlaban
de mí. Estaba débil pero no lo aceptaba. Podía más el orgullo, la soberbia me
llevo por callejones sin salida. Estaba en el precipicio, poco me falto para
caer en un abismo sin retorno.
Entre
esa multitud gritaba desesperado, pedía ser liberado. Terminaba con la voz
ronca, pero no hubo respuesta. En la soledad de mi noche lloraba amargamente.
Lo hacía escondido en mi escondite, sin recurrir a nadie, pues era mucha mi
altivez. Son trampas para tramposos, me decía. No hay a quien ir, todos son una
bola de corruptos, simuladores, convenencieros, ventajosos. Concluía, es mejor
solo que mal acompañado. Pero en el fondo el dolor y la soledad me consumían.
No
sé de dónde saque fuerzas para levantarme del suelo donde estaba postrado.
Quería huir, salir corriendo, sin importar donde fuera, solo huir y después
vemos que hacer. Estaba muy enfermo y me encerré en mi pequeño mundo de
ilusión. Así fui perdiendo fuerzas. Me abandoné, empecé a subir de peso. Ya no
jugaba ningún deporte y tampoco hacía ningún ejercicio físico. Y el pelo seguía
cayendo, eso aumentaba mi ansiedad y mis miedos. Estaba derrotado, pero no lo
aceptaba. Fingía poder seguir mi camino, pero la realidad me desenmascaraba a
cada vuelta que daba. Hacía mucho tiempo que yo había dicho que iba a lograr mi
objetivo, que consistía en tener libertad financiera, pero nada hacía al
respecto, pensaba que me iba a caer del cielo.
En
ocasiones soñaba que iba a encontrar algo que me sacara de mi locura. Yo no sé
que sería, pero algo esperaba. Tampoco esperaba algún milagro, pues me
consideraba un ateo. Eso sí deseaba salir de mi escondite.
DESCONOCIDO
La
enfermedad del alma me había convertido en un verdadero desconocido. En
momentos deseaba poder abrazar a mis hijos, dejar de pelear con mi esposa, pero
no podía. Fueron muchas noches de pelea contra mis demonios. Era terco y la
muralla de piedras mentales que había construido me impedía hacer lo que
quería, y esa misma muralla artificial me había cercado, tampoco yo podía salir
de ese encierro mental.
Muchas
veces mi hija mayor le decía a su madre, porque no lo corres, es mucho el daño el
que nos ha hecho. Lo terrible es que era cierto, pero yo no lo aceptaba, al
contrario me hacía más hostil hacia ellas.
Había
luchado y sin resultados, que llegué a pensar que mi enfermedad era incurable.
Supuse que era una enfermedad que me mataría, que no había medicina ni nada que
pudiera ayudarme a vencer ese mal.
Creía
que era consciente, pero lo cierto es que era todo lo contrario, un ser inconsciente.
Un demente. Un loco con ínfulas de sabio, pero que era incapaz de tener una
familia integrada y feliz.
Llegaba
de noche, a altas horas, fuera de toda lógica, sin preocuparme que Genoveva no
se dormía, esperando que yo regresara. Además, nunca les contaba de mis cosas.
Era un clandestino y un desconfiado. Mi familia sufría por mi forma grotesca de
ser. Nunca salía con ellas. Genoveva parecía madre soltera y en los hechos lo
era, pues siempre se ocupó de los gastos de la casa. Cuando, rara vez los
acompañaba, iba agachado, con las manos en las bolsas, atrás, arrastrando los
pies, enojado, y esperando el momento para agredirlas. Preferían ir solas, pues
era una carga pesada de llevar. No en balde mi hija le insistía, córrelo, mejor
que se vaya de la casa, para que lo
queremos. Son puros pleitos.
No
me conocían y yo tampoco las conocía. Éramos unos desconocidos en guerra
permanente. Había heridos, gracias a Dios no pasó a mayores. Uno que otro
rasguño y muchas palabras altisonantes. Pues era un cobarde, solo había
aprendido a gritar, gritos sordos, pero solo eso había aprendido de mis malas compañías.
Mi
vida era absurda, todo lo quería racionalizar, que mi lógica fuera la que
siempre ganara. Creía en el materialismo y en la objetividad. Razonaba: “Lo
concreto es concreto, porque es la unidad en el seno de la diversidad”, me
sentía muy sabiondo. Para todo quería apantallar, con frases rebuscadas.
Palabrería hueca y vana. Poses ridículas, incongruentes y estúpidas, pues vivía
en la pobreza material y espiritual.
En
mi casa me sentía como un inquilino, hasta para comer me escondía, no deseaba
que nadie me viera. Me encerraba en mi cuarto cuando estaba en casa, por eso
buscaba la forma de estar fuera el mayor tiempo posible, en mis enredos, en mis
fantasías de liberar al oprimido. El orgullo seguía ocupando el primer lugar en
mi maltrecha vida.
